Se puso la mesa, la comida se sirvió. Me dijeron que me lo llevase a otra habitación, y accedí. Lo dejé allí un ratito pero se puso a murmurar, canturrear y acabó llorando. Me levanté y seguí meneando la silla hacia todos los lados, con ritmo, a veces más rápido y otras más despacio. Pareció que se calmó y me volví a la mesa para seguir comiendo el pulpo que se enfriaba.
Pero al rato volvió.
-¡No vayas!- Me ordenó mi madre.
-¡Es bueno para él que llore!-Contestó mi padre. Me dio igual, me iba a levantar para atender a mi hijo, cada vez que llora y no voy, me da la sensación de que soy una madre espantosa y que me hijo se va a convertir en algo así como un inadaptado porque su madre no lo atendía al llorar cuando era bebé. Así que, estaba dispuesta y me levanté.- ¡Ya va tu madre!-Me dijo mi padre para que volviera a sentarme.
Acabó un par de bocados, yo estaba crispada, bebió un trago de cerveza y fue.
El niño seguía llorando, ni siquiera ponía los ojos en blanco (indicio de que se va a quedar dormido). Pero nada.
-¿Cómo queréis que se duerma si está solo en otra habitación?-Les protesté. Al final, mi madre lo trajo.
-¡Este lo que es, es un listo de cuidado!-Dice mi madre mientras el niño volvía a llorar.-Y te tiene la aguja de marear bien cogida. -Yo en este punto casi se me salían los ojos de las órbitas.- ¿Esto también te lo hace en casa?
-Por supuesto que no, en casa no llora, o se pone a jugar o hablar y se acaba quedando pero no llora así.-Casi bufaba.
-¡Menuda rabieta que se cogió!- Decía mi padre.- ¡Eres malo! ¡Te portas muy mal en casa de los abuelos!-Le reñía desde la mesa.
-¡No es malo!- Creo que aquí alcé la voz.-Es su forma de hablar, es su forma de comunicarse.
No aguanté más.
-Será mejor que nos vayamos a casa. Allí dormirá.
Sin acabar de comer, cogí y me vine para nuestra casa. Quedaban protestando pero ya no los oía. Lo metí en la cuna y estuvo hablando y murmurando durante media hora con su oso y la oveja, se acabó quedando dormido durante una hora, lloró un poco, fui a balancearle la cuna y durmió otra hora.
De verdad, a veces no puedo con todos estos estereotipos. Me acabo poniendo furiosa internamente y un día de estos voy a explotar.
¡No quiero que a mi hijo le llamen malo sólo por hablar un idioma diferente!