En estos nueve meses de vida de Peque. He debido de estar sola una seis veces, siempre de mañana, no más de cinco horas, y siempre para ir de médicos. Hoy me tocó ir a vacunarme de la rubeola y como no sabía como me iba a afectar, preferí dejar a Peque con su afaenado Papá, ya que quedaba durmiendo, el niño, no el papá.
Iba caminando y me sentía ligera, lo achaqué a la libertad. Al cabo del rato me di cuenta de que hacia el mismo camino que cuando iba con el carrito. Y entonces me sentí pesada... me faltaba mi bebé, para ir hablando con él, cantándole, observando como duerme o fijándome cada dos por tres de que no tire nada el suelo y lo perdamos.
Con dos vecinas me crucé y ambas me preguntaron por el niño porque siempre está conmigo. A donde yo voy, él va. Una de ellas preocupada se pensó que iba a verlo al hospital. (Toco madera).
Ya no me sentía ligera, me sentía rota a cada paso que daba alejándome de mi casa, en dónde mi angelito dormiría plácidamente.
Me ahorré más de diez minutos al coger atajados para peatones, en ir a mi ritmo, sin tener que empujar de un carro de unos quince quilos.
Llegué a la consulta, no paré de hablar de Peque con el enfermero, vacuna y vuelta a casa. Ni cuenta me di de subir la cuesta. Entré en casa y ahí estaba el endiablado jugando como un poseso con su piano.
Amplias sonrisas intercambiamos para acabar estrechándolo entre mis brazos.